Nos dice Jesús en el evangelio que "mi Padre trabaja
siempre, y yo también trabajo" (Jn 5,17). Muchas veces mientras vamos
caminando las promesas de Dios para la propia vida, toca pararse con confianza,
esperar y dejar que Dios actúe. Y esto no implica quedarse de brazos
cruzados... La espera es trabajo, y más cuando para que sea fructífera la
espera tiene que ser acompañada de confianza. ¿Confianza en qué? En que Dios
siempre llega a tiempo, en qué Él está más interesado que nosotros mismos en
llevar su obra a cabo en nosotros, en que nunca va a abandonar la obra de sus
manos...
Esperar casi siempre va de la mano de la oración, quizás el
mejor lugar donde Dios nos puede ir trabajando. "Acá estoy Señor, te
pertenezco. Te pido con humildad que lleves a término la obra que iniciaste en
mí el día que me llamaste a la vida. Soy barro blando entre tus manos amorosas.
Enséñame a aceptarme cómo soy, mientras voy caminando a ser lo que tu soñaste
en mí".

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