Aquella noche de luz comenzó el tercer
período de mi vida, el más
hermoso de todos, el más lleno de
gracias del cielo...
La obra que yo no había podido realizar
en diez años
Jesús la consumó en un instante, conformándose con mi buena voluntad,
que nunca me había faltado.
Jesús la consumó en un instante, conformándose con mi buena voluntad,
que nunca me había faltado.
Yo podía decirle, igual que los
apóstoles: «Señor, me he pasado la noche
bregando, y no he cogido nada». Y más
misericordioso todavía conmigo
que con los apóstoles, Jesús mismo cogió
la red, la echó y la sacó repleta
de peces...
Hizo de mí un pescador de almas, y sentí
un gran deseo de trabajar por la conversión de los
pecadores, deseo que no había sentido antes con tanta intensidad...
Sentí, en
una palabra, que entraba en mi corazón la caridad,
sentí la necesidad de olvidarme de mí misma para dar gusto a los demás.
sentí la necesidad de olvidarme de mí misma para dar gusto a los demás.
¡y desde entonces fui
feliz...!
Extraido de- Historia de un Alma-

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